[...]
Tiempo después, evoqué una experiencia. Muy dulce, aunque breve... Pero la había vivido. Había conocido el amor. Había estado en China.
[...]
Entonces pensé: ¿voy a pasar toda mi vida sin experimentar de nuevo esa sensación? Quiero ir a China. Está llena de tesoros y erotismo y misterio y exotismo y alegría.
[...]
Nadie se disgustará, nadie me condenará, nadie me bendicirá por ser buena, nadie me castigará por ser mala.
[...]
El cielo estaba vacío. Yo no sabía si Dios estaba conmigo o si nunca había existido.[...]Entonces, experimenté una sensación de libertad, de soledad, de nostalgia. YO VOLVERÍA A CHINA ALGÚN DÍA
("El Catalejo Lacado", P. Pullman)
